Quemante.





Quemante. Esa fue la sensación que le dió a Francisco en su pecho después de cantar, el chico que carecía de afable rostro, a veces torpe en su andar y pensar, pero eso no detuvo sus ganas de seguir su lucha.

Bajó del escenario, lanzó el micrófono muy lejos....sí, se dijo a si mismo, lo logré, notando las caras de asombro de la audiencia, escuchando el murmurar de los cuervos...

Una vez ya en la calle, donde las formas, sonidos y colores cobraban una nueva perspectiva, un sabor dulce y ácido a la vez; caminó hacia su pensamiento más próximo a arrancar de ese sitio tan azul profundo...tan solitario...tan poco vibrante.

Cogió un taxi hacia su casa, quería celebrar su triunfo comiendo y emborrachándose hasta el amanecer, en su pieza, con  tenues brillos de madurez, pero esa voz cálida, amarilla, y clara le susurró......sabía que no debía hacerlo.

Esa noche la dedicó a ensayar unos minutos a botar de su mente pensamientos ingenuos, carentes de realidad, se lavó la cara, para despertar de su sueño viviente, miró al espejo..y se encontró...

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